LA ESPAÑA VULGAR
5. Vino para quedarse ido
Se ha de haber tenido un sólido aprendizaje en la ingestión de alcohol para considerar que ciertas bromas, como las de las despedidas paganas de la soltería, lo sean y sirvan, además, como materia narrativa para pretender acaparar el interés de otros alcoholizados. Muchas horas de vuelo sin frenos morales se han de haber hecho para estar orgullosos de esa suerte de inmunidad inhumana ante los efectos nefastos de la afición espiritual que se atribuyen los embriagados, siempre dispuestos a defender, trazando un camino de eses tortuosas al ritmo de sonoros golpes de pecho, que ellos saben beber y que aún admiten una copa más, o un litro, apenas vacíen la vejiga amorapiada.
Mentores nunca han faltado en este país de orujo matutino, cerveza, vino y licores diurnos, y coñacs, güisquis, rones, vodkas y otras aves nocturnas de mal agüero. “Viva el vino”, gritaba Rajoy a sus huestes beodas con su media lengua sin frenillo entumecida. “Nadie me tiene que decir cuántas copas tengo que beber”, se defendía quien aún sigue esperando, mientras hace negocios en las Caimán con su castellano tejanizado, que Abderramán le pida disculpas públicas por haber conquistado buena parte de España.
Mientras tanto, el espectáculo nacional de los botellódromos, prohibidos o auspiciados municipalmente, se ofrecen a la vista abstemia, o a la del morigerado degustador de los buenos caldos -¡qué elegancia léxica para quitarle poder cirrótico a la metáfora sanguínea de Cristo!-, como uno de los más tristes espectáculos de la España vulgar de siempre. Nadie puede considerarlo una novedad: sin duda debe decirse que en la historia de este país ha corrido más el vino que la sangre, y muy a menudo los dos juntos en orgullosa mezcolanza y taurobólica celebración cainita.
Mozos jovencísimos que han hecho del calimocho y otros bebistrajos su principal alimento espiritual arrastran sus bolsas de pudoroso plástico hacia el triste aquelarre báquico: vaso tras vaso van, quizás deseando beso tras beso, acumulando el agrio poso aniquilador de su alegría de vieja alquitara –que tanto les pone– y húmeda bodega; corren los chascarrillos beodos, las risotadas homófobas, las rivalidades goyescas de estacazo, el pecho sacado como mascarones de proa, y la algazara deviene alfaguara de broncas, vómitos, comas etílicos y aventuras suicidas al volante.
En coches transparentes o en rincones opacos se acogen torpes, desangelados y brevísimos polvos de orangután, y un sopor, una modorra de somnífero, se apodera de las bestias risueñas que balbucean sílabas desordenadas con lenguas de corcho y gargantas de lija. Los hasta poco antes dueños del mundo, desafiadores como matones de camisa parda, centros individuales del orbe, milagros genéticos del universo, encarnación de la irresponsable alegría de la juventud, yacen, de madrugada, sin algún zapato, en posición fetal en algún banco público o espatarrados en el escalón de algún portal, arropados con nada, quizás desvalijados, cerca del círculo dentado de su espeso vómito de pasta o de pizza...
País de pedos con regüeldos, de pedales, de cogorzas de alivio, de jumeras, de moñas, de zamacucos, de merluzas, de chispas de escasa luz, de curdas, de melopeas cacofónicas, de tajadas, de trompas desafinadas y de pítimas impronunciables...
“¡Esto es vida!”, gritan los beodos congestionados y beocios, temblándoles el papo ceñido por un cuello de camisa dos tallas menor del que necesitan, y mojando el culo del cigarro habano en la copa de coñac después de una comilona grasienta, feculenta y de imposible digestión. ¡Y halla eco su oración enfática; eco de bendición política y religiosa! De rones brugales que cambian la vida, la iluminan, la reinventan, y otras adulaciones paradójicamente lameculares del machismo y su poder, está España empapelada y vallada de arriba abajo, sin distinción de fronteras ni lenguas.
Colocados andan, y la ayuda de los bregados extranjeros militantes que acuden al reclamo es refuerzo de primer orden, por toda la geografía española, en la más extraña lucha que se haya llevado a cabo jamás contra la sequía, una amenaza dramática que, ni de lejos, es, para la España vulgar un problema que le inquiete o le haga perder el sueño.
En las fantasías –quizás más propiamente lagareñas que lugareñas...– de los cofrades de la buena vida, de la buena bevida..., las bebidas alcohólicas serán, en el futuro inmediato, no sólo panacea de enfermedades, sino recurso energético industrial y líquido sagrado que alimentará los campos para mejorar la producción y lograr ese gusto definitivo a caldo nutritivo desde las alcachofas y las zanahorias hasta el trigo y las judías verdes..., por no hablar del delicado sabor de las carnes así tratadas, como la de los navideños pavos emborrachados... ¡Que no decaiga!
La piel de toro de la España vulgar disfruta de un exacerbado sarpullido beodo que se excita con los calores y se convierte en eritema así que entran la primavera y los calores veraniegos, sobre todo. La romería del Rocío, esa hiperexcelsa demostración de fanatismo religioso, comparable a las de las hordas islamistas que, al estilo de los flagelantes de Llerena, mutatis mutandis, se acuchillan el torso por un antiguo profeta –¡ni siquiera por el mismísimo Alá o su profeta máximo, Mahoma!–, es una escuela del culto religioso al alcohol, la fiesta y la sexualidad reprimida, indigna de las antiguas fiestas báquicas con las que neciamente se la emparenta, y, por supuesto, sin el dulce escepticismo helénico respecto de su panteón divino.
Su versión laica, la Feria de Abril, creada por el celo comercial del catalán Narcís Bonaplata, amante de la disbauxa, els vins del priorat i els negocis de ramaderia... es paradigma de la devoción beoda cuyos regüeldos apestan a lo largo y ancho de la geografía española, sin excepciones nacionalistas políticamente correctas.
Alarde excepcional de esa religión vinatera es la confluencia, en el País Vasco, del alcohol y la política, como lo demuestran las Herrikotabernas, entre otros ejemplos. ¿A quién le puede extrañar que de esos conciliábulos espiritosos salgan tremendos y castradores delirios neoruralistas románticos, en vez de programas realistas, apegados al aquí y al ahora de las necesidades de las gentes?
A año de hoy es bien probable que, frente a la fiebre erradicadora de viñedos de las autoridades comunitarias, un diminuto ser sea el encargado de reducir a niveles ínfimos la producción del venerado líquido: ¡el topillo! ¡Lástima que, como entrantes, le dé el animalejo al cereal, a las patatas y a las zanahorias, antes de lanzarse a las vides!
5 comentarios:
Tenemos visiones distintas. Pienso que el alcohol es una droga legal que sirve eficazmente para mantener el orden social. La tensión de la sociedad occidental lleva a los individuos a necesitar vías de escape para soportar la rutina. ¿Cómo hacer de una vida vulgar y corriente algo excepcional? Sin duda que hay muchas formas, pero el alcohol con la confusión que produce, con la euforia que suscita, con la anegación del yo que induce sirve para tranquilizar al individuo y a las masas. No existen las sociedades sin drogas. Todo tipo de sociedad ha generado alguna sustancia que ayude a aguantar la realidad. El alcohol es la nuestra. Si lo reduces a una visión dramático-grotesca propia de chafarrinón, no ahondarás en la profunda angustia que exorciza el consumo de este estupefaciente en las masas, que sin él, se verían en la tesitura de tomar el palacio de invierno o el de La Moncloa y La Zarzuela. El alcohol ha sido de eficaz estímulo a muchísimos escritores por la percepción de agudo filo que conlleva su consumo. Recuerdo un libro paradigmático en este sentido: Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Lo leí en una sola noche, fascinado por el proceso de autodestrucción del protagonista. He tenido amigos alcohólicos, que incluso han muerto por su causa, y no los reconocería entre las peores personas. Quizás el alcohol lleve a los seres humanos a contemplaciones próximas a la mística, aunque claro no voy a defender los botellones como experiencia en este sentido, y sí es cierto que hay algo de vulgaridad, pero ¿qué o quién se puede mantener al margen de una cierta vulgaridad? En un sentido u otro. Si hiciéramos caso de la interpretación de este post, viviríamos en un país grotesco y chabacano… pero hay que ahondar más en ello. No hay sociedad perfecta. Incluso las nórdicas con su maravillosos equilibrio social revelan profundas fallas de soledad, suicidio y violencia de género. Toda sociedad tiene su lado vulgar, pero no creo que nadie pueda sentirse al margen o en una peana que le libre de compartirla en alguna medida.
Lo que yo no describo, porque la razón de ser de este libelo es, precisamente, describir la enorme vulgaridad que nos sobrepasa, también existe, y en la introducción depravada lo decía: hay otras Españas, y poco a nada tienen que ver con la vulgar entronizada por los mass media y deseada por la obra gritona de la ignorancia. Hay una visión mítica de la drogadicción, y sus héroes los frecuenta la novela y el cine, pero rara vez esa drogadicción se cuenta desde el lado de quienes la sufren, porque, al cabo, hay pocas drogadicciones que empiecen y acaben en uno solo, alejado del mundo, sino que se le "impone" a alguien o a algunos, que han de capearlas muchas veces como el peor de los destinos. Es algo así como los "genios" que se han autodeclarado así, lo sean no, y parasitan a quienes, además, desprecian. Hoy viene en el diario la noticia de que los constructores de Terra Mítica (La Generalitat valenciana) y los subvencionadores de la Fórmula 1 por las calles de Valencia han abocado a la quiebra uno de los principales centros de investigación biomédica del país. Esa es la vulgaridad que yo denuncio. Claro que tiene que haber una distracción para las masas, un "vértigo" que les haga olvidar la crudeza de la realidad, pero dudo yo mucho de que la imaginación, la invención y la soslidaridad no sean la mejor de esas drogas.
¿Es lo mismo espiritoso que espiritual? Porque, si así fuera, nada más elevado qeu el desprendimiento de lo corpóreo para abrazar el misticismo, aunque el precio sea la embriaguez y sus secuelas. Pero, como las palabras se prestan al juego, cabría decir, también, que son tan antagónicas como el vino y el mosto, por más que ambos provengan de idéntica fuente.
Beben los jóvenes, beben los adultos, casi, casi los niños, y hasta los curas beben. No será tan mala cosa cuando tantos alaban sus bondades, quizá ni siquiera sea vulgar. Distinto es cómo se bebe, porque ahí sí radica la sutil diferencia entre lo lícito y lo chabacano. Beber como ritual es deleznable por sumiso. Hacerlo con altivez, casi con reticencia, puede llegar a ser arte de difícil dominio.
En todo caso, Juan, no le demos más vueltas: bebamos.
Un abrazo.
¡Ole, Javier! No es casual que de los más hermosos poemas dedicados al vino estuvieran los del poeta persa Omar Khayan y algunos poetas andalusíes que muestran que el islam tiene diferentes caras, y no todas son tan fanáticas y estrechas como las que ahora se publicitan. Comamos y bebamos que mañana moriremos. Aleluya.
Siendo incompatibles, yo prefiero entonar el ¡corramos, joder, comamos y soñemos!
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