jueves 10 de noviembre de 2011

Como he anunciado, comienzo la publicación de un libelo, un género casi en desuso, que ha de entenderse en su recto sentido: la recreación en la descalificación, sostenida desde una retórica que puede disuadir a unos y cautivar a otros. Mis quejas desencajadas, que se mueven a medio camino entre la falsa humildad de la parresia y la mala leche del insatisfecho crónico, ceden el espacio a una creación argumental que me va a permitir comentar los comentarios, algo que no hice durante la publicación de la novela -salvo en rarísimas ocasiones- por que una novela no necesita defensa alguna por parte del creador. Por eso siempre me pongo en guardia cuando los autores son tan expertos en el propio análisis de su obra, como si ésta respondiera a un diseño creativo que no ha dejado ni el más mínimo espacio a la verdadera creación, novelas anguitianas, ¿lo recuerdan?: programa, programa, programa. El más temido comienzo de una esas defensas autorales es: "mi obra es una reflexión sobre..." Ahí es cuando desconecto y me digo que otro memo viene a darnos la matraca... Por cierto, en un breve viaje a Nantes, visité el castllo de la localidad y allí descubrí un nuevo sentido de "dar la matraca" muy diferente del que recoge el DRAE, puesto que era la matraca un cilindro de hierro coronado en ambos extremos por dos bolas con las que los tripulantes de los buques negreros golpeaban en la cabeza a los prisioneros para disuadirlos de intentar amotinarse. El autor que se lanza a engarzar supuestas razones sobre su obra en una suerte de impúdica crítica propia -que no pudorosa autocrítica- que sólo recoge, como es preceptivo, los aciertos y los esfuerzos, denodados, obviamente, para conseguir tan acabada obra de perfección me parece un prodigio de charlatanería de feria. ¡Cuanto más prefiero a las folclóricas que "se deben a su publico" de todo canalillo y corazón azotado por el ventalle!
Vale.
Ahí va lo prometido.

 
                   LA ESPAÑA VULGAR

                   (Libelo libelular)
                     


  Juan Poz



El estado reflexivo es contrario al natural. El hombre que medita es un animal depravado.
                                                 J.J. Rosseau










1. Introducción depravada
No desde los ojos del exquisito que no soy, sino desde los del hastiado al que se le ha vuelto imposible soportarla, por puro hartazgo, por empacho estomagante, emprendo esta invectiva contra la vulgaridad que causa devastadores estragos en un país de tan triste historia como es la de España, si no erraba el vate arrabolero, y de tan ambiguo presente macroeconómico, como no yerran los indicadores estadísticos de los conspicuos mamones, es decir, de los secuaces de Mamón, los despreciables chulos engominados de la liquidez y los futuros a quienes las miserias de la microeconomía les parecen un justificado efecto colateral inevitable de su explotación del mundo. En el babilónico lenguaje contable, ¡y constatable!, del debe y del haber, las crisis siempre las padecen los mismos, porque también son los mismos, pero otros, los que sacan tajada de ellas, cíclicamente.
¿Hay espacio real o ficticio, desde la educación hasta la política, pasando por el mundo del espectáculo, el de las sectas religiosas, con la católica a la cabeza, las ufanías literarias, los eméticos jardines del botellón, las paradas-consulta del mercado o los programas de televisión, entre otros..., donde la vulgaridad no se haya convertido en dueña y señora chillona y marimandona, desgarrada y pandémica?
Tampoco pretendo hacer sociología de baratillo o antropología inocente, y mucho menos levantar estampas costumbristas desde las corrosivas y pedagógicas luces de la sátira moralizante. No. Quiero desahogarme. Así de claro. ¡Y de necesario! Porque es de justicia que, al menos, ponga el grito en el cielo de celulosa reciclada el hijo de vecino que sufre tan en silencio la inhumana agresión ética y estética de la vulgaridad rampante, desacomplejada, jaleada, mimada, espoleada, bendecida y votada.
La corrección política y el mercado insaciable y omnipotente han creado una sociedad monstruosa cuyos miembros, permanentemente adulados para obtener de ellos el valioso voto y sus magros ingresos mensuales, se han convertido en dictadores del  gusto aberrante que abarca todos los aspectos de la vida. La masa se ha Petronizado y cualquier hijo o hija de vecina se cree el árbitro de la elegancia. Así pues, apenas nada ni nadie puede escapar de esa viscosa vulgaridad que, como la publicidad, se cuela de matute en nuestra vida y nos la hace imposible, insufrible, insoportable, invivible.
Interactiva es la primera palabra tótem del nuevo siglo. Interactuar es dictar en el teclado del móvil desde quién hace el ridículo en concursos televisivos casposos, hasta quién se va o se queda de aquí o de allá de las múltiples jaulas donde inverosímiles miembros y miembras de la especie se ofrecen a la empatía inversora al por mayor de ciertos congéneres con quienes congenian en grado de representatividad casi tautológica. De aquí a nada hasta el pronóstico meteorológico se elaborará por interactuación con el espectador. “Si quiere que el anticiclón se instale en la península, envíe Quieto parao, al 777; si quiere que se aleje la borrasca, envíe Fus  Fus  Fus al 333”, y, con suerte, hasta le puede tocar al agraciado participante un precioso y decorativo juego de isobaras de regalo, ¡sólo por participar!, ¿a qué espera?, ¡llame ya! Recuerde:  Quieto parao al 777 ; Fus, Fus, Fus al 333.
Cualquier desahogo como mandan las cánones es paradójicamente contrario al orden y al método; de ahí que la diatriba vaya recalando, al buen tuntún del horror, el hastío y el asco, en terrenos de muy diferente morfología, clima, flora y fauna. No hay orden posible en la vulgaridad, ni jerarquías caben en su seno de matalotaje. Ubicua y omnipotente, la vulgaridad se extiende como los mares de nubes bajo la cima cónica de los altos volcanes: todo lo cubre con densa niebla impenetrable; nada se ve a través de ella y ella, sin embargo, todo lo recubre con la pegajosa humedad que atrae las miradas.
La vulgaridad tiene vocación amalgamadora, batiburrillera, y de ese pandemónium caótico y bullanguero iré yo aislando –y alisando con el firme tundidor de la defensiva indignación–, casi con doble vocación de entomólogo y escarmentador, un limitado repertorio representativo de las infinitas variedades de la vulgaridad nacional cuyos rasgos ontogénicos en modo alguno desmienten la filogénesis de la chocarrería que cubre nuestra geografía peninsular como el diseño radial de las vías que nacen del abdomen de la gran araña, siempre presta a engordar con las presas que caigan en cualquier rincón de la tela que, como velo de Maya, disfraza la historia y la vida comunes, ¡y a menudo tan descomunales!
Los argumentos ad hominem suelen estar prohibidos en cualquier reflexión argumentativa que se precie de tal, pero la condición de desahogo de estas líneas permite -¡y aun exige!- que comparezcan algunos personajes soeces, ¡y preclaros indigentes intelectuales!, cuya actuación pública es la muestra elocuente de la tesis que defiendo: la existencia de una España vulgar omnipotente que se ha ido imponiendo a esas otras Españas ilustradas que tratan de sobrevivir al turbión de chabacanería y estulticia que amenaza con convertirlas en desarraigados fantasmas del sueño de la razón, tristes vilanos estériles, incomprendidos y despreciados estilitas del yermo...
No se me escapa, por paradójico efecto contrario, que bien pudieran los especímenes humanos que yo traiga al primer plano desde el fondo amorfo  -¡y solidísimo!- de esa vulgaridad  acabar teniendo una mayor presencia pública y causar aún más estragos de los que pretendo combatir. Pienso ahora en la infame dimensión hortero-comercial de una apuesta estética como la de la ultrapublicitada  Yo soy La Juani de Juan José Bigas Luna, entronizador de un modelo canónico de la zafiedad cuya validez suprema consiste en su mera existencia, modelo que, al otrora impecable director de Bilbao, CanicheJamón, jamón y deleznable de tantas otras como Huevos de oro o La camarera del Titanic, le parece el protocolmo de la creatividad.
Como en las patéticas conjuras propiléicas del peplum, cualquier adalid de la vulgaridad en este país de todos los demonios no está solo. Siempre halla la complicidad de corifeos y corifeas –juguemos a la corrección y a la polisemia- que le jalean, se lo creen, lo comparten y lo difunden. En este país las necedades nacen con carruaje de altavoces tirado por caballos blancos, como bien sabe cualquier aficionado al cine que haya sufrido el éxito comercial de engendros como la saga de los Torrentes y un sinfín de ordinarieces de parecido jaez, algunas de ellas con pretensiones de cine de autor, que han logrado financiación en el revuelto río de los pesebres oficiales, estatales y comunitarios, amén de los autonómicos, sedientos todos ellos de una etiqueta que cuajara en el archivo de clichés de los espectadores: ¡El nuevo cine extremeño!, ¡El nuevo cine balear!, ¡El novísimo cine catalán!, ¡El nuevo cine ceutí!, etc. Pero ya habrá tiempo de volver la mirada cinegética hacia ese paradigma de la vulgaridad cinética que es buena parte del cine patrio.

4 comentarios:

Javier dijo...

Mil vueltas le di a todo este asunto, Juan, tratando de buscar alguna fuga, algún entresijo o pitera por donde hurgar y ahondar. Y acabando mareado decidí que no puedo.

Pensé también -¡raro oficio!- callar por no ser adulador, asentidor, quiero decir, que de ello y de la diatriba despiadada siempre huí. Pero, al final, me pudo más el deber, y por eso escribo estas pocas líneas.

El deber para con los amigos, el deber de opinar -incluso de criticar, si menester fuere, que no es el caso, más por suerte para mí que para ti-, el deber de hacer sentir al otro que hay alguien ahí, no de forma anónima, sino con nombre, apellido y emociones.

Quiero, en esta primera entrega de tu Libelo, coincidir contigo y comenzar el descabello de esta España simple, vulgar y mugrosa. Y desearte suerte y darte ánimos en esta nueva andadura.

Un abrazo.

Juan Poz dijo...

Ya está el camino andado, Javier. Lo iré entregando en capítulos de cierta extensión, porque tampoco quiero eternizarme, como me pasó con la Manzana de ese Poz que, obviamente, nada tiene que ver conmigo. Te agradezco la presencia y espero que sí, que puedas disentir, porque eso animará el debate, sin duda.

Joselu dijo...

Hace unos días el cantante de Jarabe de palo escribió un tuit en que calificaba el ambiente de España como de megacasposo, o algo así a propósito de un certamen americano como la entrega de los Grammy. La tormenta que le ha venido encima… Ha recibido miles de mensajes en que se le vilipendia, se le ridiculiza, se le ningunea… Ese es el peligro de denunciar la vulgaridad: que alguien te puede meter, en consecuencia, el dedo en el ojo. Una vez alguien me dijo que alguien elegante no puede denostar la falta de elegancia de los demás. Eso es algo que se muestra naturalmente, sin ningún subrayado. La elegancia es algo que percibimos pero es difícil definirlo y menos apropiárnoslo porque en ese momento lo perdemos. Es algo así como presumir de falta de vanidad. Con la vulgaridad pasa algo parecido. Si nosotros la denunciamos, inmediatamente nos ponemos en el bando de los selectos que miran por encima del hombro y se atreven a denunciar la vulgaridad ajena o mayoritaria. No deja de ser un juego peligroso y expuesto a que el bumerán nos vuelva y nos dejé zaheridos. En todo caso requiere mucho sentido del humor, en que de lo primero que nos riamos es de nosotros mismos. Yo no lo sé hacer. Veremos este intento.

Juan Poz dijo...

Ése es mi mérito, Joseñu, que hablo "con conocimiento de causa"...