lunes 31 de octubre de 2011


La manzana de Poz. Capítulo veinte (y último). (Cont.)





                               -¿No es, Ariadna, una mujer increíble, Juan?
                                -Literalmente, José. Letra a letra…
                                -O sea, que, si no capto mal el retintín, no podemos creerla al pie de la ídem.
                                 -Ni podemos ni debemos.
                                 -Luego hay misterio.
                                 -Como las meigas.
                                 -Viéndoos en acción, con esa facilidad de comunicación que se traducía en un ritmo dialéctico casi frenético, he tenido la impresión de estar ante dos viejos amigos que, tras años sin verse, siguen manteniendo intacta su complicidad, que saben no solo de qué pie cojea cada uno, sino también de cuál calza…; me ha parecido algo tan extraordinario que, a su manera ha suplido con creces el mortecino escrutinio que mi torpe imaginación había sobredimensionado. Ya veo que, como no podía ser de otra manera, es más instructivo hablar con una persona que con sus libros…
                                  -Aquí viene que ni pintiparada una cita de Unamuno, aunque sea hecha con la infidelidad de una memoria tan devastada como la mía: Quien hable como un libro será incapaz de escribir un libro que hable como un hombre, o algo muy parecido, pero ya ves que no estás solo, que es de lo que se trata: sentirse en buena compañía…
                                  -A veces pienso, y lo digo por el concepto de desencajado que usaste antes, que ése, y no otro, ha sido mi mal: escoger los libros en vez de la vida. Tan convencido estaba de que necesitaba un cambio radical en mi carrera de escritor que lance al contenedor un diario en el que trabajaba, como es preceptivo, día sí y al otro también. Lo titulé, pomposamente, Diario de un artista desencajado, y, con no poco desgarro del alma, lo dejé abandonado junto a un contenedor, ahí justamente, en esa esquina. Estaba tan inseguro de mí mismo que no tardé en arrepentirme y volver a rescatarlo, y no lo creerás, pero ¡había desaparecido! ¿Te imaginas, Juan? En menos de un cuarto de hora mi original había cambiado de manos como por arte de magia.
                                -Algún chamarilero…
                                 -¡O algún chamán…!, porque me sentí, desde aquel momento, como el destinatario de un particular vudú ejercido sobre mis paginas, en vez de sobre un muñeco de serrín o de paja.
                                -Eso podría ser el germen de una narración…
                                -¿No te ha ocurrido a ti que lo que vives con una intensidad excepcional, con una emoción inefable, no lo consideras apto para trasladarlo al papel? Sé que es extraño lo que digo, porque parece dicho por el gusto de llevar la contraria, pero me es imposible convertir en literatura lo que me desborda emocionalmente.
                                 -En el verdadero escritor todo es alquimia…
                                  -Al principio, y esto sí que tenía ganas de decírtelo desde que nos conocimos, me imaginé que habías sido tú el ladrón…, bueno, el sustractor…
                                   -¿…?
                                   -Me cogí un cabreo tremendo, y te miraba desde nuestro antiguo piso con verdadero resentimiento y mala leche, y hasta con un odio que me desconcertó, porque no te conocía en absoluto, y es difícil odiar de esa manera atroz aquello que se desconoce; pero luego, a medida que me fui calmando, le fui dando la vuelta a la situación, como si fuera un abrigo reversible, mi padre, por cierto, estaba orgullosísimo del que tenía y lo conservaba como una joya de la familia, y, al final, acabé justo en el punto contrario: agradeciendo que hubieras sido tú el depositario de mis locos devaneos de juventud, de mis risibles angustias de escritor novel y pretencioso… Ahí nació la corriente de simpatía y afecto que, desde la irrupción de Adriad…, ¡pero bueno, otra vez! ¡Se me enreda la lengua entre los dientes…! Pues eso, que desde que A-ri-ad-na, ¡ahora!, apareció en nuestras vidas, aquella corriente de afecto se ha transformado en lo que hoy es: auténtica amistad.
                                   -¡Menuda imaginación, José! Ahí hay madera, desde luego… Con todo, una legítima vuelta de tuerca sería que hubiese sido nuestra querida A-dri-ad-na… –se mofó Poz con delicadeza y puntada con hilo– la que hubiese hallado ese diario y, tras su atenta lectura, y quién sabe si análisis, hubiera tomado la decisión de aparecer en nuestra manzana, hasta entonces tan tranquila, tan hecha al ritmo de los acontecimientos verosímiles y de los insospechados, porque esta manzana, como todas las del mundo, es una acabada muestra de la complejidad de lo real. No es que nada sea lo que parezca, sino que las apariencias nunca encubren la nada, sino misterios como viejos tesoros que no siempre se dejan encontrar.
                                  -¡Imposible!
                                  -Qué seguridad…
                                  -Adriana llegó hasta mí a través de mi administrador, debido a su extraordinario interés por alquilar un piso, tu piso…, que no figuraba a nombre del inquilino, como podía leerse fácilmente en el contrato de arrendamiento, como tú bien sabes…
                                   -¿…?
                                   -¿…?
                                   -Has dicho que Adriana llegó hasta ti…
                                   -Parece que haya resuelto el trabalenguas a favor de Adriana, entones… Ariadna, quería decir, está claro.
                                  -¡Ojalá!
                                   -¿…?
                                  -Ojalá estuviera tan claro como tú dices. ¿Sabías que Ariadna y Adriana se parecen como las tópicas dos gotas de agua? ¿Sabías que cuando nos encontramos en el Roma me fue imposible creer lo que, al final, he acabado creyendo, que se trata de una coincidencia nada extraordinaria, como nos lo demuestran los dobles de famosos que, incluso, como los de Hemingway, participan en concursos para ser elegidos el auténtico doble del divo?
                                  -De ahí, así pues, tus recelos, y tu estrategia…
                                  -¡Nada menos que estrategia!
                                  -¡A ver si no! Soy joven, Juan, pero no subestimes mi intuición…
                                  -En modo alguno.
                                  -Poz…
                                   El recurso al cognombre detuvo en seco, como una reconvención paterna, el ritual hipócrita de las disculpas.
                                  -¿Qué era, si no, ese cruce de floretes afilados que le cortaban las alas a una mosca en pleno vuelo? Tardé un poco en caer, pero al final lo hice con toda la impedimenta. Comencé a atar cabos y he tejido un hermoso tapiz cuyo tema central me vas a permitir que lo hurte a tu curiosidad, siquiera de momento…
                                   -Suena al continuará… de los viejos folletines por entregas, pero no me sorprende. Si algo he aprendido en este año sabático ha sido precisamente eso: la vida siempre tiene un continuará…; siempre se nos presenta por entregas, a diferencia de la literatura,  o de la novela al menos, que exige un final, contraviniendo las exigencias del autentico realismo: no acabar la historia, dejarla en el aire, ofrecer un continuará… que no necesariamente será obra de quien llevó la historia hasta él.
                                   -Creo que te entiendo. La historia de mi propio diario sería un ejemplo de lo que dices, ¿no?
                                   -Así es.
                                   -Supongamos, un mero suponer…, que te hubieras quedado tú con aquellos papeles y que, sin otra cosa mejor que escribir en aquellos momentos, hubieras decidido darles continuación.., de eso hablamos, ¿no?
                                   -De eso. El primer antecedente de esta actitud en nuestra literatura fue el enigmático Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en cuyo Libro de buen amor el poeta dejó escrito que quien supiera versificar podría añadir e incluso enmendar su obra, y la concluye pidiendo que el libro circule, que vaya de mano en mano, que llegue a todo el mundo que se preste, que ni se guarde ni se venda…
                                    -Anticapitalista total, el buen Arcipreste…
                                    -Evangelizador, diría yo… Con todo, ¡qué invectivas sabrosas no lanzaría hoy el Arcipreste contra  una Iglesia que ha convertido el cristianismo en artículo de consumo! Pequeño dejaría al Lazarillo e insignificante al pseudomaldito Goytisolo…
                                      -¡Si yo tuviera la certeza de que tú te hubieras quedado con mi diario!
                                      -La literatura, como la vida, es una suma de ambigüedades, no de certezas… En otro tiempo, el oscuro de ajado y deleznable malditismo, no hubiera dudado ni una milésima de segundo: dicho certeza, hubiera improvisado, ipso facto, un juego conceptual con corteza, lleno de brillos de bisutería. Ahora, sin embargo, me complace prevenirte contra los fuegos de artificio de las juegos lingüísticos que solo impresionan a los ignaros. Ariadna tenía razón, en efecto: todo en la vida es retórica; pero, por eso mismo, no hay que empeñarse en sobrecargarla. Hay que dejar que la realidad respire a su aire, a su gusto, a su ritmo…
                                      -¿Quieres decir que…?
                                      -Sí. Si tu diario ha caído en buenas manos, y manos cercanas, solo nos queda esperar que regrese, por sus pasos contados, como la realidad disponga que sea. Fabular cómo haya de ser ese regreso, si es que se produce, no nos conduciría sino a la insatisfacción, al desengaño, a la malenconía…, que se decía en un antes muy lejano… Tú renunciaste a él, como yo he renunciado a mi estúpido malditismo, y ese es el buen camino: la renuncia. La vida también está hecha de renuncias, sin duda. Y si la lección se aprende tan pronto como tú lo has hecho, se abre ante uno un prometedor futuro…
                                        -¿Futuro! ¡Pero si nos estás anclando al presente sin perspectivas, al aquí y ahora, y nada más, denso como un aleph!
                                         -Tú lo has dicho: ahí está el epicentro de la felicidad.
                                         -No sé…
                                         -¡Ahí, ahí le has dado otra vez: no sé! De eso se trata: de no saber, sino de ser, de ser y de estar que, aunque suene todo a paradoja barata y de pacotilla, no es, evidentemente, lo mismo. Hay una ebriedad del saber, como la hay del poder; y conviene desnudarlo, al saber, de sus pomposos y remilgados atributos, ponerlo en su lugar, y no dejarse intimidar ni por el uno ni por el otro, el poder: La razón no se doblega, las rodillas sí.
                                          -¿Te importa si tomo nota de tu última frase?
                                          -No es mía, José, como casi nada de lo que tengo, o de lo con que me acompaño. Es un lugar común del género aforístico que quizás no hayas frecuentado como deberías, tú que tan buena madera tienes de discípulo… Y si el Arcipreste era un prototipo de la obra abierta, Montaigne lo es del estudio del yo: la lectura de sus Ensayos es la principal cura de humildad en la procelosa República de las Letras, donde se decapitan méritos y necios como pollos en un matadero municipal…
                                          -¿Y a ti, Tigre, bonito, qué te parece de estas disquisiciones a la luz de la luna y al frío de la estación? Tú levantas la pata, chorreas el árbol y te desahogas marcando el territorio…
                                           -No lo provoques, porque este animal te responde y, además, para ponerte en tu sitio; no se anda por las ramas, como ves, sino a ras de tierra, bien anclado en ella… A veces tengo la impresión de que ha heredado una sabiduría telúrica que, como los viejos refranes, está hecha de estaciones, latidos, magnetismos y todo tipo de fenómenos climáticos.
                                           -Sería lo propio, que se sumara a este coloquio de los perros con que le hemos dado la vuelta a la manzana…
                                          -Que también es reversible como el abrigo de tu padre…
                                          -Con qué atención escuchas Juan.
                                          -Con la del nuevo en el oficio, José.
                                          -No te desmiento, pero no lo parece…, aunque lo de las apariencias y la realidad tratándose de ti, de Ariadna y de esta manzana, más vale ponerlo entre paréntesis, dejarlo en suspenso o simplemente renunciar a entenderlo.
                                          -Mira cómo te observa Tigre.
                                           -¿…?
                                          -Te dice que no te compliques la vida, que te limites a vivirla, independientemente de que la entiendas o no.
                                           -¿Necesita trujamán?
                                           -Si hablase contigo, como lo hace conmigo, el único territorio que ibas tú a marcar, en justa correspondencia, serían las perneras del pantalón…
                                           -¿Milagro o mitología?
                                           -Quizás prodigio…, hijo de su compasión. Tigre es un amigo severo que no te deja caer en la autocompasión. La huele y le repele, y te saca de ella con un par de frases que te clavan en el sentido común… He aprendido mucho de él, y espero que tú te beneficies de ese aprendizaje.
                                           -Yo, Juan, estoy dispuesto a aprender hasta del diablo…
                                           -Toda ayuda es poca.
                                           -¿Devolvemos la fiera razonadora a su madriguera y nos retiramos?
                                           -Devolvamos.
                                           Cumplida la vuelta a la manzana, los solitarios escritores llegaron al origen y mientras Mies intentaba retener no pocas ideas que consideraba trascendentales, Poz subió a Tigre para reintegrarlo a su casa habitada. Ariadna había dejado la puerta entreabierta y siguió con sus ocupaciones sin salir a recibirlos. Poz desató a Tigre y lo dejó a sus anchas, como si Ariadna lo hubiese cuidado desde que llegó al piso, pues tal era la naturalidad con que el can había aceptado la suerte de divorcio de mutuo acuerdo y  la responsabilidad compartida que significaba su cuidado. Finalmente, cuando Poz ya enfilaba el camino de salida, la silueta de Ariadna se recortó, a contraluz, bajo el dintel de la puerta de acceso al salón y dejó caer un naturalísimo: ¿te apetece quedarte?, tan descuidado como efectivo. Poz se sintió cubierto por un sudor frío de pies a cabeza y se limitó a decir que José lo esperaba abajo. Como quieras, otro día, se despidió Ariadna. Otro día, sí, confirmó Poz con afectadísima naturalidad, y cerró la puerta tras él antes de desordenarse estrepitosamente y, perdidos los estribos, y sacado de todos los quicios, intentar hacer confesar a Ariadna que representaba una obra envenenada que lo estaba volviendo loco, una escena tan humillante para él que no le hubiera dejado volver a presentarse ante ella, por eso respiró profundamente y se congratuló de no haber cedido a su turbación.
                                   -¿Todo bien?
                                   -Como la seda, dentro de lo que cabe… ¡o de lo que quepa!
                                  Mies captó perfectamente que el cabe no era un cabo del que halar para seguir pegando la hebra, por más que la noche fría decembrina invitara a calentarse como lo habían hecho hasta entonces, con una conversación que exigía involucrarse en ella con ardor febril y juicioso sosiego al tiempo. Los dos hombres se retiraron en silencio hacia el oriente de la manzana, donde tenían su nuevo hogar, puesto que ambos los estrenaron casi al tiempo. Poz excusó la sobremesa de la cena con sus anfitriones debido al compromiso de la exigente labor que se había impuesto y que ya se acercaba al punto final, y cuyo heroico cumplimiento, jornada tras jornada, le parecía a la mujer de Poz, Marina, una obra maestra del compromiso y la más extravagante muestra de coleccionismo que había conocido, ella que tan amante era de abrir colecciones exóticas, como la de los sobres de azúcar de los bares, la de las cabeceras de diarios y de revistas o la de bolsas de pipas de girasol, entre otras muchas que sin duda Poz iría descubriendo en el transcurso de su armónica convivencia.
Sin embargo, Poz no secundó su proclamada iniciativa: estaba absolutamente ciego: se asomó a las ventanas del diario y rebotaba su mirada contra una pared que la desviaba hacia el otro lado del patio, donde seguía, sin enmascaramiento ninguno, las andanzas de Ariadna por la casa de ambos como en puridad debía considerarse, a juzgar por una hospitalidad que dejaba chico el concepto y abierta de par en par la puerta de entrada y salida y entrada y salida y entrada… De terraza a terraza de ambos pisos parecía que salvara el vacío del patio condominal un puente de oro por el que iban y venían con la valiente familiaridad de que había hecho gala Ariadna, y con la seguridad de que no se ultrajaba intimidad ninguna al presentarse unos y otros en la casa, para cada cual, del otro lado. La postrera invitación, además, hecha como de soslayo, como dando por sentado que ni era necesario hacerla, había conseguido impresionar tanto a Poz que no se veía en condiciones de clonar ni una sola hoja del ramillete de ellas con que había querido puntear su aventura realista.
Nunca se había interrogado por el sentido de esa obligación que afrontaba con una pluralidad de ánimos y una multiplicidad de reacciones con las que podría escribirse un manual de etiología humana. Había decidido que era un contrapeso de su nueva fe de carbonero en lo real y así lo había mantenido hasta el presente, tan próximo ya al termino de la aventura: ninguna realidad más inventada que la recogida en los diarios. ¿Ninguna realidad más inventada que la recogida por él en su manzana? Ariadna le había dejado sin respuesta. Por primera vez en los doce meses de su reto, iba a dejar la redacción de la clónica para el día siguiente. Próximo a soltar la amarra para su nueva travesía de mentor anacrónico, el de por sí escaso interés de la realidad prensada se multiplicaba hasta hacerlo caer en la desidia contra la que había triunfado a lo largo de once meses y medio.

2 comentarios:

Joselu dijo...

Complejidad y tensión narrativa se acumulan en este capítulo discursivo y dialéctico que parece prefigurar el final de este año de clónica.

¿Qué decir? Que esto es pura, purita, literatura en estado natural, es decir, en estado de revelación de la complejidad de la realidad mediante un estilo afilado y barroco.

Al autor le puede pasar como a escritores tipo Juan Benet: ser enormemente ensalzado por su estilo y el reconocimiento general de su magnífica literatura, pero que no llegue al público, que no sea leído. ¿Quién lee a Benet?

Lo que huele a literatura es esquivado por el hombre contemporáneo, que huye de la complejidad de lo real mostrada en la sutileza del estilo necesaria para sustentarla.

Necesitamos discursos fáciles, esquemáticos, directos, emocionales y llenos de sentimentalismo. No entendemos que una obra se dirija más a la razón que al mundo sentimental, que una obra tenga un trenzado intelectual más que emotivo. Nos van las grandes síntesis filosóficas en forma de aforismos simplificados al estilo de Coelho o Jorge Bucay, la narratividad llena de efectos especiales… que nos mantengan en tensión y fijen nuestra atención dispersa.

En este sentido, esta magnífica novela, merece un gran recorrido en los circuitos literarios. Me gustaría que fuera así. Sin embargo, la veo como totalmente anticontemporánea. Tendrá lectores mínimos, los enamorados de ese arte en desaparición que es la literatura. El lector afortunado que soy por haber recibido este prodigio en tensión que es La manzana de Poz casi en exclusiva (acompañado de Javier y Ana), me hace sentir que formo parte de un club distinguido, que no admite a demasiados socios.

El final es prodigioso, y el juego con el diario desaparecido es genial.

Adriana, Ariadna, Adriadna…

Ya no sé muy bien quién soy.

Javier dijo...

Leer es una forma, una más, de vivir, al igual que escribir, o razonar. Y si pueden darse las tres en una misma cabeza, ¡qué alegría! La comlementariedad de saberes y habilidades hacen al hombre más denso, más hombre en sentido pleno, mejor persona quizá, aunque no necesariamente.

Pero la variedad humana es tal que con rara frecuencia se produce el prodigio, y lo más ususal es encontrar una u otra, pero separadas, de suerte que, faltando alguna, las demás estarán como huérfanas, y el hombre será tanto como cojo, o manco o amputado, pues la calibración perfecta se da con las tres sustancias a la vez.

El común de los mortales conformámonos con alguna de ellas, o siquiera su atisbo, y así somos hombres incompletos, e infelices, pues sólo el necio que no sabe ni leer, ni escribir ni razonar es -al igual que su contrario el hombre completo- pleno.

Comparto la perspectiva de Joselu, su visión de privilegiado espectador de esta obra, literaria en todo y digna de mayor fortuna que la simple contemplación por tan escasa audiencia.

Un abrazo.