domingo, 11 de diciembre de 2005

25 de abril de 2...



Lo primero elegir el tipo. Garamond es el adecuado: clasicismo para la ruptura violenta. Después, mantenerlo. Pasada la feria de vanidades machista de san Matadracos, entro, aún ignoro con qué periodicidad, en esta resurrección que me alivie como a una presa al borde de su capacidad. Desencajado también significa liberado del ataúd en que me acosté voluntariamente durante tantos años con la esperanza lunática de alumbrar a los insomnes. Incluso como uno que fui, el único, tuve algunos segunditos de mínima gloriecilla venal, pero, todo junto, apenas un chispacín junto a los fulgores de los astros maniamediáticos.
¿Quién puede vanagloriarse de haber recibido tantos portazos editoriales como yo? ¡Cuantísimas no han sido las ocasiones en que, con pésimas redacciones, además de breves, se me negaban las cuatro tablas del encajonamiento! En un momento u otro había de tomar una decisión, ésta: dejar de insistir y ponerme a escribir, ¡ay!, para resistir, o mejor sentido, para reexistir. Y a eso voy. ¿A eso salgo? De momento voy.

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